lunes, 2 de junio de 2014

Encíclica Dios es Amor

A Mariela, mi esposa



El 25 de diciembre de 2005, Benedicto XVI, mostraba al mundo su primera Carta Encíclica cuyo nombre y temario sorprendió a propios y extraños Deus Caritas Est (Dios es Amor). Nadie podía esperarse que, tratándose del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se apelara al cristianismo como una religión centrada en el amor y la caridad que es la expresión de ese mismo amor en el orden social de la vida humana. La lectura de esta encíclica nos lleva a participar sensiblemente de una búsqueda por recuperar la originaria definición del Dios cristiano como amor; ese Dios de los místicos como posibilidad amante. En Occidente pocas veces hemos contemplado la posibilidad de comprender a Dios como Amante. Oseas, uno de los profetas menores cuya obra cobra vida en plena decadencia moral y religiosa en Israel, afirma que la inclinación de Dios por sus criaturas se sustenta sobre la base de una pasión de amante. 

Benedicto XVI profundiza en una línea que lo lleva a sumergirse ardientemente en una trilogía de pensadores de la cual se había alejado la racionalidad eclesial. Una trilogía conformada por Platón, San Agustín y San Francisco de Asís de sustentado carácter cordialista y que, hoy lo comprendemos mejor, parecía estarle abriendo el camino a quien hoy comanda los destinos de la Iglesia. El Papa Emérito nos habla ahora de un amor cristiano que no se riñe tanto con el amor humano erótico que, por el contrario, busca insertarse en el segundo con la firme intención de purificarlo construyendo así un amor unitario abierto como conciencia ardiente al otro en sintonía con una idea de Jesús siendo este metáfora encarnada del corazón traspasado en la cruz.

El Papa Benedicto XVI nos recordó en su brillante documento que el lugar más privilegiado para que el hombre encuentre a Dios es en la experiencia del amor. Dios es Amor y encontrar el Amor es encontrar a Dios. Los sagrados vedas orientales apuntan al mismo lugar cuando afirman que el amor estaba ahí desde el Principio y cuya esencia es más sublime que todos los Dioses y es el primer germen del intelecto. La mística de todos los tiempos y de todos los continentes nos dicen lo mismo. El Papa Benedicto XVI comprendió con sabiduría que es imposible gozar de la experiencia del amor a Dios si se desconoce el amor humano. Difícilmente se puede insistir en el amor humano si no se descubre en él un alma divina, pero este amor del cual habla el Papa es un amor que va más allá de toda proyección voluntarista y del mero y superficial sentimentalismo. 

Amor que viene de un centro, motor inmóvil y supremo que imprime el movimiento a todo el universo y a cada una de sus criaturas, como dirá María Zambrano. Motor inmóvil sin huecos, ni espacios dentro de sí, impasible, pensamiento cuyo acto es vida. Amor que brota del interior del corazón carnal, que es cauce del río de la sangre, donde la sangre se divide y se reúne consigo misma. Amor que limpia al corazón de contenidos que se presentan en la conciencia determinando en ocasiones las condenas contra el Otro. La experiencia de Dios, queda claro, es única e incomparable por cuanto Él es único e incomparable. Dios no es una formalidad. Dios es una experiencia amorosa que no se puede razonar ya que implicaría concebirlo como una empresa contradictoria, porque aquello que se abriría ante nosotros no sería otra cosa más que una creación de nuestra mente humana.

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